Amanda Desdesiempre
	
	
	Asomé el cuello por la ventana del tren para
	impregnarme de todo lo que habla de viajes.
	Boulogne gira como una nutria congelada de
	nocturnos, la llovizna entibia su cuna de plumas
	sin aire.
	
	No más que seis vagones atravesando la noche,
	en cada uno de ellos viaja un fantasma, una criatura
	sola, cada cual con su valija y su cuerpo fuera y
	dentro de ella. Los que aman la poesía, los que la
	reprimen, los que andan entre socorro y socorro,
	los que se vienen de si hasta el lugar de sus
	nombres.
	
	Boulogne arde como la gasa de un soldado desertor,
	apenas el débil furor momentáneo de las ruedas, la
	mano escondida en ese cielo accidental, se muestran
	como mudos sordos de la guerra, la guerra distinta,
	la del perro paseando al anciano y la mujer descompuesta
	en la roca sin océano, la noche imaginaria de Boulogne
	no tiene océano, ni velas, ni barca, ni muelle, ni trenes,
	ni noche, es el todo en un ojo que encandila hacia
	adentro, donde no caben los rieles, ni las marchas
	en este ocho de marzo de mil novecientos setenta
	y cinco.
	
	Tristeza de trenes, negrura ancha de las máquinas
	en desuso que tanto tienen de vapor y sereno.
	
	Comovengas.
	
	Comovengas, fusta del tiempo sin caballo ni jinete,
	paso a paso debajo del candil con entreporos en tus
	dos manos, y del silencio, nada.
	
	Amanda Desdesiempre, me es intolerable tu
	perfume semidios, tu seno extraído de los
	gritos del ahorcado, y la playa blanca asomada
	en tu cabello.
	
	Han pasado muchos años y muchos años me vuelven,
	nada queda que sea mío, y con tanto viento en
	las ruedas de la noche, con tanto espejo repartido
	por la barba, te siento sobre mis huesos azules
	y te reparto en llanto, en una copa de Ovidio,
	en una manta de alondras.
	
	Las ventanillas del tren me sorprenden con sus
	escenarios diminutos, en cada vidrio un paisaje
	y algún veneno emigrando.
	
	Las posiciones del cuerpo me recuerdan el ajedrez
	del otoño, los vacíos, el matrimonio de los ojos
	cuando pronuncio tu nombre. Boulogne arde como
	un tesoro en los talones del explorador, el
	buscador de entrañas, el catador de espantos...
	Amanda Desdesiempre.
	


	
	Alberto Muñoz,
	Floresta Poemas (1979, Ediciones CICLO 3).





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